Cincuenta Segundos

    Hay manías que no logro quitarme de la cabeza, otras que no logro dejar de hacer, como esta de ponerle crema de vainilla al café, un rito cotidiano imposible de evitar; salvo aquella mañana cuando escuchando una tonada llanera, la locutora interrumpió para dar paso al último avance. ¡Noticias! como detesto ese sesgo sombrío de la realidad tan apetecido por la audiencia; no solamente por inoportunas y crueles sino porque uno deviene inexcusablemente en un escucha obligado. Perturbado, solté de golpe la taza de café en la mesa cuando la monótona voz finalizó la reseña: ¡Lucrecia Santos había muerto en un accidente de tránsito! Dicho en tan solo cincuenta segundos, pero suficientes para que mi mundo reventara en mil pedazos.

     La tonada continuó como celebrando la crónica sin yo saber que pensar o decir por un momento. No lo niego, se me aguaron los ojos, estuve a punto de rendirme ante el peor de los sentimentalismos, aunque  lo que realmente debí haber sentido fue alivio. Sí, alivio por todo lo que aquella bella y deseada mujer llegó a representar para mí, quien colmada de una vida plena de triunfos, – más bien diría yo, de comedias- apagaba su luz de manera tan súbita. La misma Lucrecia que resultara incapaz de llenar las expectativas de un ingenuo iluso, a causa de aquella absoluta jactancia que solo ella podía reunir en su ser.

    No, no sentí alivio, sino una invasión de detallados recuerdos cruzándose en la mente, como aquellas frases mil veces repetidas por el profe Agustín en el colegio. Tal vez por la influencia que tuvieron sobre ella, tal vez.  Lucrecia atentamente le oía decir que de cada persona que encontraríamos en la vida aprenderíamos valiosas enseñanzas, y que siendo así, era imperativo aceptar a la gente como le presentara el destino, tal como era, para captar mejor la esencia de cada experiencia; pero aquella no era siquiera la máxima predilecta de Agustín.

    Logré tomarme la mitad de la taza de café a duras penas, extrañando el aroma de la adictiva vainilla, como si de alguna manera me ayudara a olvidar. Agustín nos llenaba la cabeza con nuevas y creativas utopías, como aquella de que la vida no es más que andar en pos de sueños e ilusiones, y especialmente su predilecta: “si una vez dejaras de soñar, la luz del alma se te irá apagando irremediablemente lejos de toda redención”.  El asunto siempre me pareció demasiado filosófico por decir lo menos, tal vez porque yo fuese un tipo más bien común y corriente. Había sin embargo que concederle al profe que mientras más hablaba más creíble sonaba y hasta las contorciones que hacía con las manos parecían convenir. Y lo recuerdo vivamente como si fuera ayer porque Lucrecia no le quitaba la mirada de encima con ese empeño de aprenderse cuantas ideas “deslumbrantes” cruzaran por la mente del prelado. Más bien porque era yo quien la miraba fijamente; hechizado por el aroma de aquel cabello lacio cuidadosamente acicalado y por el brillo del azabache de sus ojos. ¡Y de eso hace ya más de diez años!, antes de que Lucrecia y yo saliéramos por primera vez a nuestros idílicos matinés en el cine Imperial, allí donde todo comenzó. De las palabras del profe no sabría decir mucho, pero sí conocí a mucha gente fascinante, tal como el mismísimo padre lo había pronosticado. “En el futuro conoceréis gente, mucha gente soñadora”.

    Soñar, desde luego soñar, entendida como una tarea fácil como si se tratara de dos jóvenes almas sentados ante la ilusión de la gran pantalla, en búsqueda del amor ideal a través de personajes irreales. Aunque nadie lograra nunca atinar, y muchos menos advertir, las consecuencias de los desencuentros, como en el final del filme, de las decepciones que te descomponen la vida cuando los tales sueños no resultan más que una cruda realidad que no se amolda a las vanidades de cándidas ilusiones. No, no se trataba como lo decía Agustín de la ausencia de redención para aquellos quienes desisten de soñar, sino más bien del ostracismo reservado para aquellos que ganan la batalla de la realidad.

    Y aunque la noticia no me hubiera desencadenado todos estos recuerdos sobre Lucrecia Santos, ya sabía cuán difícil resulta andarse por el camino de los sueños. Supongo que no es esta la mejor hora, un cuarto para la siete de la mañana, para entrar a hacer este tipo de cavilaciones. Tal vez sea por el desconsuelo que me causa la muerte de Lucrecia. O tal vez sea ver como cincuenta segundos bastaron para que el futuro me alcanzara sentado aquí en la cocina, aferrado a una taza de frío café, y me lanzara al inclemente mundo del presente como un hombre que se quedará despierto por toda la eternidad.

Ángel Esteban 2011

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