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Delirio de un prófugo

Por desgracia, no todas mis cavilaciones son tal útiles: hay —solamente en la imaginación, para inquietarme— la esperanza de que toda mi enfermedad sea una vigorosa autosugestión; que las máquinas no hagan daño; que Faustine viva, y dentro de poco yo salga a buscarla; que nos riamos juntos de estas falsas vísperas de la muerte; que lleguemos a Venezuela Continúa leyendo Delirio de un prófugo

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Nelson Rodrigues: La vida Tal como Es

“Sou um menino que vê o amor pelo buraco da fechadura. Nunca fui outra coisa. Nasci menino, hei de morrer menino. E o buraco da fechadura é, realmente, a minha ótica de ficcionista. Sou (e sempre fui) um anjo pornográfico(desde menino”. NR Continúa leyendo Nelson Rodrigues: La vida Tal como Es

El último verano de Paula Ris

Paula era la hermana pequeña de Pepe Ris. Tenía 13 años el día que salió de casa dando un portazo. No era la primera vez que discutía con su madre aquel verano. “La niña está en una edad difícil”, decían unas vecinas tratando de consolarla. “Verás cómo ha de volver más tranquila”, aseguraban otras. Pero se confundían. Paula Ris no volvió aquella noche.

Como tantas veces, Pepe Ris y Leo Caldas habían pasado juntos la tarde. Por la mañana, un camión había llevado a la pequeña bodega del padre de Leo una prensa neumática alemana comprada de segunda mano a una bodega de Cambados que la había sustituido por otra más moderna. Los chicos habían ayudado al padre de Leo a anclarla al suelo, bajo un tejadillo, en la parte exterior de la bodega que miraba al río Miño.

Cuando terminaron, Pepe Ris no se quiso quedar a cenar. Aceptó una propina y se marchó caminando a su casa. A los 20 minutos estaba de vuelta, llamando con los nudillos al cristal de la cocina.

–¿Tan mala era la cena en tu casa? –preguntó con una sonrisa el padre de Leo Caldas al verlo aparecer.

–No –respondió Pepe Ris–. Es Paula otra vez. Mi madre no la ha visto en toda la tarde.

–¿Quieres que te ayude a buscarla? –se ofreció Leo antes de que su amigo se lo pidiese.

Pepe Ris le dijo que sí.

–Si hoy tampoco está en casa cuando llegue mi padre, la va a matar.

Leo Caldas miró los platos con la cena, todavía intactos sobre la mesa, y después a su padre.

–¿Puedo?

–Claro –respondió el padre, y luego preguntó a Pepe Ris:

–¿Dónde crees que estará?

–Estará en cualquier lado –contestó el muchacho levantando los hombros–, jugando a ser mayor.

El padre de Leo vio partir a los chicos. Después de cenar, recogió la cocina y se sentó a leer en el porche. Seguía allí cuando su hijo regresó, a medianoche.

–¿La habéis encontrado?

Leo respondió que no con un gesto. Tomó una silla, se sentó junto a su padre y permaneció en silencio mirando aquel cielo limpio, distinto al de Vigo. Y se imaginó a Paula Ris desnortada en el monte, sin luces de ciudad que apagaran las estrellas.

Cuando a la mañana siguiente Leo Caldas se acercó a la casa de los Ris, la niña aún no había aparecido. Varios vecinos organizaban grupos de búsqueda mientras el padre de su amigo permanecía sentado en un banco, con la mirada perdida. La noche de insomnio había convertido su enojo en desasosiego.

Leo y Pepe Ris estuvieron entre los encargados de buscar en el monte, y otros se ocuparon del río. Todos regresaron sin noticias de la chica. Tampoco la había encontrado Evaristo el Cazador, que había recorrido las vías del tren por si Paula hubiese cometido una locura.

Durante los días siguientes se unió a la búsqueda un grupo mayor de voluntarios, y la Guardia Civil recorrió las orillas del río en lanchas neumáticas y rastreó el monte con perros adiestrados. No tuvieron éxito. Tampoco dieron fruto los carteles con la fotografía de la niña pegados en los postes y semáforos de las localidades cercanas. Nada.

Una mañana se detuvo ante la casa del padre de Leo Caldas un coche azul oscuro, sin identificación. Sus dos ocupantes no necesitaban anunciar que eran policías.

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Cuentos de Fútbol: Argentina

Esperándolo a Tito, Eduardo Sacheri

Yo lo miré a José, que estaba subido al techo del camión de Gonzalito. Pobre, tenía la desilusión pintada en el rostro, mientras en puntas de pie trataba de ver más allá del portón y de la ruta. Pero nada: solamente el camino de tierra, y al fondo, el ruido de los camiones. En ese momento se acercó el Bebé Grafo y, gastador como siempre, le gritó: “¡Che, Josesito!, ¿qué pasa que no viene el ‘maestro’? ¿Será que arrugó para evitarse el papelón, viejito?”. Josesito dejó de mirar la ruta y trató de contestar algo ocurrente, pero la rabia y la impotencia lo lanzaron a un tartamudeo penoso. El otro se dio vuelta, con una sonrisa sobradora colgada en la mejilla, y se alejó moviendo la cabeza, como negando. Al fin, a Josesito se le destrabó la bronca en un concluyente “¡andálaputaqueteparió!”, pero quedó momentáneamente exhausto por el esfuerzo.
Ahí se dio vuelta a mirarme, como implorando una frase que le ordenara de nuevo el universo. ¿Y ahora qué hacemo, decíme?, me lanzó. Para Josesito, yo vengo a ser algo así como un oráculo pitonístico, una suerte de profeta infalible con facultades místicas. Tal vez, pobre, porque soy la única persona que conoce que fue a la facultad. Más por compasión que por convencimiento, le contesté con tono tranquilizador: “Quédate piola, Josesito, ya debe estar llegando”. No muy satisfecho, volvió a mirar la ruta, murmurando algo sobre promesas incumplidas.
Aproveché entonces para alejarme y reunirme con el resto de los muchachos. Estaban detrás de un arco, alguno vendándose, otro calzándose los botines, y un par haciendo jueguitos con una pelota medio ovalada. Menos brutos que Josesito, trataban de que no se les notaran los nervios. Pablo, mientras elongaba, me preguntó como al pasar: “Che, Carlitos, ¿era seguro que venía, no? Mira que después del barullo que armamos, si nos falla justo ahora…” .
Para no desmoralizar a la tropa, me hice el convencido cuando le contesté: “Pero muchachos, ¿no les dije que lo confirmé por teléfono con la madre de él, en Buenos Aires?” . El Bebé Grafo se acercó de nuevo desde el arco que ocupaban ellos: “Che, Carlos, ¿me querés decir para qué armaron semejante bardo, si al final tu amiguito ni siquiera va a aportar?”. En ese momento saltó Cañito, que había terminado de atarse los cordones, y sin demasiado preámbulo lo mandó a la mierda. Pero el Bebé, cada vez más contento de nuestro nerviosismo, no le llevó el apunte y me siguió buscando a mí: “En serio, Carlitos, me hiciste traer a los muchachos al divino botón, querido. Era más simple que me dijeras mirá Bebé, no quiero que este año vuelvan a humillarnos como los últimos nueve años, así que mejor suspendemos el desafío”. Y adoptando un tono intimista, me puso una mano en el hombro y, habiéndome al oído, agregó: “Dale, Carlitos, ¿en serio pensaste que nos íbamos a tragar que el punto ése iba a venirse desde Europa para jugar el desafío?”. Más caliente por sus verdades que por sus exageraciones, le contesté de mal modo: “Y decíme, Bebé, si no se lo tragaron, ¿para qué hicieron semejante quilombo para prohibirnos que lo pusiéramos?: que profesionales no sirven, que solamente con los que viven en el barrio. Según vos, ni yo que me mudé al Centro podría haber jugado”.
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