La ilicitud de las horas

Marcial hubiera querido mantener la mirada anclada sobre la acera y olvidarse de los nubarrones negros sobre su cabeza pero sabía que tarde o temprano tendría que mirar hacia la valla publicitaria. Se anduvo de prisa mientras intentaba inútilmente sacar el viejo paraguas de su saco pero notó que lo había olvidado antes de salir. No había pasado ni siquiera un minuto, cuando las primeras gotas comenzaron a pegarle en el rostro como para augurarle uno de esos días de iniquidad que últimamente le ocurrían con demasiada frecuencia. Ahora a paso redoblado, no le quitaba la vista a la valla, el letrero gigante de la Citizen, colgando desde la azotea del edificio Comercio, mientras contaba los pasos al ritmo de las gotas que le empapaban de pies a cabeza. Si no fuera porque el anuncio mostraba la hora precisa en su parte superior, ni siquiera le estaría mirando. Y claro Marcial no llevaba reloj como era de esperarse, y ya intuía que iba tarde al trabajo cuando salió de casa. El anuncio también servía de forzosa distracción: las mujeres en la playa, el sol, el cuento del viaje por el Caribe; “¡bah! fantasías de gente rica” pensó. También pensó qué tendría que ver una publicidad de reloj con el mar. Más arriba lo que el tiempo se traía entre las manos para él era un fuerte aguacero. Comenzó a correr ahora si a toda prisa, no porque la lluvia no esperara a que Marcial llegara a la parada de autobús y descargara toda su agua sobre él, sino porque el perverso reloj marcaba quince minutos pasadas los ocho de la mañana del lunes seis abril de un año cualquiera de la era del Señor. ¡Iba tarde, unos segundos tarde! Cuando cruzó la esquina ya veía como el autobús embarcaba al último pasajero y se alejaba raudamente de la parada en la calle Dávila bajo el ruido estruendoso e impertinente del chaparrón. De nada valió la carrera, los gritos y los gestos con las manos al aire pidiendo al conductor que se esperara.

Se guareció bajo el techo de la parada esperando que amainara la lluvia en algo mientras que su rostro reflejaba todo aquel espectáculo. Ahora con los zapatos empapados, el agua escurriéndose por dentro de la ropa; mientras miraba la valla publicitaria que pareciendo más grande, inmensa, desplegada en toda su dimensión, como queriéndolo convencer de esas vacaciones, el sol, el Caribe, la diversión. También frente de él estaba el perverso reloj, sí el reloj que se robaba con sus minutos y segundos todo el protagonismo del momento. Si tan solo se hubiera esperado un minuto no hubiera perdido el autobús. Un solo minuto hubiera bastado. Se quedó con esa sensación amarga de la frustración causada por haber perdido el destino y saberse atrapado por el tiempo, ese que irremediablemente te hace saber lo tarde que es, que pediste el rumbo, que no llegarás y no hay vuelta atrás.

El Bertrán no le iba a dar otra oportunidad en la factoría. “El Bertrán no me va a perdonar jamás que le llegue tarde”, se dijo, como si su intención fuera tomar el siguiente autobús, pero bien sabía que no llegaría sino dentro de una hora, y con la lluvia ahora cayendo y la cogestión del tráfico, era para olvidarse del asunto. El jefe no le iba a aguantar ni mucho menos que faltara toda una jornada de trabajo en un pueblo donde los parados sobran como si estuviéramos en la China de los años cincuenta donde la mano de obra campeaba por doquier, abundante y barata, por no decir abundante y gratuita. Abundantes como las pulgas de un perro callejero, como el desempleo. Igual ocurre aquí, y eso que no somos siquiera ni el uno por ciento de la población de aquellos. Pensándolo por un momento, no lograba concluir qué era peor si llegar tarde o no ir en lo absoluto a la factoría. ¿Sería mejor que se diera por despedido? Y claro tampoco iba a llegar tarde y aguantarse los insultos del Bertrán. Era lunes y no estaba para insultos.

La lluvia alborotaba el calor y se mezclaba con el polvo sobre la calle formando un lodazal haciendo al ambiente más asfixiante y pegajoso que nunca. Se agachó a remover el barro de sus zapatos empantanados cuando el viento trajo volando unos panfletos que se atascaron en sus pies. Tomó uno de los panfletos para usarlo como servilleta pero el colorido diseño le llamó la atención y en su lugar lo leyó. Era un volante de un tipo que se anunciaba como adivinador, con bola de cristal y todo, quien se andaba de paso por el pueblo prestando sus servicios como augur. “Que ridículo”.

Entonces dejó de llover. Caminó por la calle como sin rumbo tratando de poner orden en sus pensamientos, más bien intentado de atinar la decisión correcta que tomar. En el ínterin, esclarecido el cielo, el inclemente sol le ayudaba a secar toda la ropa, menos las medias mojadas en los zapatos, que no molestaban tanto por la humedad sino por el latoso ruido que hacían al caminar. No tenía a dónde ir, solo tenía la dirección del panfleto. Y como si no lo hubiese querido, siguió caminando precisamente hasta a la dirección que se anunciaba en el panfleto, como a diez cuadras de la parada Ayacucho.

“¿Tiene cita?” le preguntó altivamente el adivino, a lo cual le respondió “No, no la tengo, no dice aquí que la necesite” le contestó Marcial, en un intercambio de frases más bien tenso. Innecesariamente tenso. “Bueno le atenderé, espere cinco minutos aquí afuera y luego entre por la puerta azul que está al fondo”. Se quedó como un tonto esperando en la recepción, preguntándose cómo era que no tenía recepcionista el adivino si la mano de obra estaba tan barata. Pensó que no tendría dinero para pagarle a una empleada. Y cuando lo pensó, también recordó que no tenía manera de pagarle la visita al adivinador. Tampoco tenía reloj, ni paraguas. Más bien prefirió irse de vuelta a casa, o a la parada, o a ver al Beltrán, a cualquier lado menos quedarse allí.

Justo cuando se dirigía a la salida se escucho a sus espaldas un “¿Oiga va a entrar?” increpándolo el adivinador cuando pasado los cinco minutos, Marcel no había entrado a su consultorio como le había indicado. “Le estoy esperando” continuó. Al fin optó por cumplirle y entró.

“Siéntese Sr …” , – “ Marcial, me llamo Marcial”

Y comenzó a increpar al augur así no más. Cómo estuvo este asunto de que usted vende mentiras y cobra por ello. Yo, sin embargo, me reviento el lomo trabajando para ganarme los pesos y de paso acabo de perder el autobús, y llegaría tarde si tomara el siguiente, pero no lo tomé. Y ahora adivíneme usted el futuro, es qué voy a perder el empleo de nuevo. Y si lo pierdo ¿qué será de mi?, ¿encontraré otro? Al menos esas eran las preguntas que le cruzaban por la mente,  mientras el augur se había convertido en tahúr y barajaba las cartas con la destreza de un dador de casinos. Pero Marcial no hubo dicho tales palabras y el oráculo le interrumpió el pensamiento cuando le preguntó: “Su nombre completo y fecha de nacimiento”. A lo cual Marcial no contestó, simplemente le espetó en la cara, esta vez de viva voz, que todo aquello era una farsa, una comedia y que a él no iba a robarle. El augur dejó que se desahogara por unos minutos sin dejar de barajar las cartas por tan solo un momento. Entonces las puso de golpe sobre la mesa cubierta con un mantel púrpura para interrumpir a Marcial, esta vez no a su pensamiento sino a su voz, y se calló de súbito ante la hipnótica mirada del augur, quien con gran elocuencia y don de mando le contó palabra por palabra, gesto por malabarismo, la historia del origen de sus poderes mágicos. La fábula del mago de la cual era él, digno heredero pues le había sido transmitida desde sus tatarabuelos… que si los gitanos, que si los inmigrantes y demás palabrerías. De allí le venían todos sus poderes admonitorios a según. A Marcial tal justificación le impresionó poco y más bien lo miró sin aspavientos como cuando observaba al Beltrán en la factoría gritando las órdenes del día.

Al final le logró sacar a Marcial todo lo que me molestaba de aquel día. Y le intentó convencer aún más de sus dones cuando le adivinó el porvenir sin usar las cartas. Aunque igual hubiera podido usar cualquier otro método, los astros, la palma de la mano; pero no usó ningún método, sino su más puro poder admonitorio. Le contó de cómo el destino les había hecho coincidir en aquel día. “Tenemos el mismo destino” le dijo el adivino. Y como político de pueblo le predijo que el mañana le traería un gran futuro, que el porvenir esta a vuelta de la esquina y le traerá nueva cosas, que tuviera paciencia y supiera esperarlas. “Y eso es lo que pasa”, terminó. Como si de la ilicitud de las horas de aquel día se pudiera alcanzar un objetivo noble. La jornada llena de horas secretas donde lo inverosímil cobraba un impertinente sentido, como queriéndose disociar de la realidad.

A eso se le llama magia, “se requiere de mucha magia para ganarse la vida”, pensó Marcial. Se metió la mano en su pantalón y le puso en la mesa todo lo que tenía, tan sólo unas cuantas monedas que llevaba para pagar la tarifa del autobús. Era todo lo que traía en el bolsillo. Marcial se marchó a su casa, a paso lento. Se metió ambas manos en los bolsillos del pantalón, el saco en el lomo, y no llevaba ni reloj, ni paraguas, ni tampoco el pasaje para el autobús.  La lluvia comenzó a caer de nuevo como ya se lo había advertido aquella mañana que salió de casa.

La Ilicitud de los actos

(c) Angel Esteban 2012

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